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No estamos sanos. Nunca lo estuvimos

  • Foto del escritor: Roberto Castillo
    Roberto Castillo
  • 14 feb
  • 3 Min. de lectura

Entender la salud como equilibrio total y la sanación como un proceso



Nos enseñaron que estar sanos es no tener síntomas.

Que si no duele, no hay problema.

Que la salud es algo que se pierde cuando aparece  el desequilibrio - es decir, la llamada comúnmente enfermedad-.

Pero eso no es verdad.

La salud no es ausencia de síntomas.

La salud es equilibrio.

Y ese equilibrio no lo tenemos.

Nunca lo tuvimos.


¿Qué es la salud?

La salud es un estado de equilibrio entre todas las dimensiones del ser: cuerpo, mente, energía, emoción y espíritu.

No es algo que se mide con análisis.

Es algo que se siente cuando todo está en su lugar.

Pero vivimos fragmentados.

Desconectados.

Sin saber quiénes somos ni cómo funcionamos.

Y desde ahí, no hay salud.

Solo remiendos.


¿Qué es la sanación?

La sanación no es una técnica.

No es eliminar lo que molesta.

No es corregir lo que no encaja.

Sanar es un proceso. Un camino que empieza mucho antes de que aparezca el síntoma. Ese camino no termina cuando el síntoma desaparece.

Sanar es volver al origen.

Reconocer lo que somos.

Y desde ahí, cambiar lo que nos desequilibra.


El error de la desfragmentación

La medicina convencional y muchas terapias alternativas siguen mirando al ser humano por partes.

Si duele el cuerpo, se silencia el cuerpo.

Si hay ansiedad, se anestesia el sistema nervioso.

Si hay fatiga, se estimula la vitalidad.

Pero no somos partes.

Somos un conjunto.

Y lo que afecta a una dimensión del ser humano -cuerpo, mente, energía, emoción y espíritu -, afecta a todas.

Cuando se trabaja desde la desfragmentación, lo que se hace es tapar, ocultar y silenciar el síntoma. 

¿Cuál es el resultado?

Un desequilibrio que se instala sin aviso y se vuelve cada vez más difícil de revertir.


¿Por qué no estamos sanos?

Porque no nos conocemos.

Porque no sabemos cómo funcionamos.

Porque no entendemos que el desequilibrio empieza mucho antes de que se vea.

El alma ya trae procesos para sanar.

Desde antes de nacer, hay información que nos afecta.

Memorias que son nuestras y otras que no lo son.

Experiencias que hemos vivido y procesos que no hemos vivido, pero que heredamos de nuestra ancestralidad.

Todo esto genera un efecto dominó:  esos procesos inconscientes activan otros y nos llevan a generar otros. 

Y como no los vemos, no los atendemos.

Y como no los atendemos por desconocimiento, se manifiestan de muchas formas: desequilibrios (la llamada enfermedad), obstáculos en distintos niveles de la vida, malestares, vivencias sin explicación, experiencias que no entendemos por qué suceden. 

Todos esos son síntomas.

Es la consecuencia visible de un proceso que empezó mucho antes.

Mientras sigamos mirando solo lo que se ve y atendiendo únicamente el síntoma, seguiremos sin entender lo que realmente nos desequilibra (enferma).


Sanar es mirar más profundo

No se trata de buscar culpables.

Se trata de entender que lo que sentimos y nos desequilibra, tiene un origen que en la mayoría de las ocasiones desconocemos.

Si queremos sanar, tenemos que mirar más allá de lo evidente.

La sanación es un proceso largo y profundo. Porque cada ser humano es único: trae su propia mochila con lo que tiene que resolver, compuesta por muchas vivencias y experiencias.

El camino de la sanación es interno, no externo; es necesario estar dispuesto a soltar lo que nos desequilibra (enferma) para sanar; es un camino individual y exclusivo de cada ser humano. 


La sanación es el camino para la salud, la conciencia y el equilibrio.


La sanación es el camino de regreso a ti: a casa.







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